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Hamas, el movimiento de resistencia islámico, después de toda su travesía social entre armas y atentados, ha decidido incursionar en un nuevo ámbito: la producción y organización de eventos. Pero no de cumpleaños, o alguna ceremonia en específico, sino más bien, de matrimonios. Por si fuera poco, éstos cumplen con una característica única en el mundo moderno; hombres de treinta años en adelante, toman por esposas a niñas menores de nueve años. El rito cumple todas las modalidades pertinentes, con la salvedad de que pasean por las calles tomados de la mano, mal que mal, son marido y mujer. Y por supuesto, como un matrimonio propiamente tal, hacen lo que un vínculo de esta envergadura debe hacer. Viven juntos (asumiendo que no pueden separarse), y en cuanto al sexo, la situación es relativamente similar. Antes de los nueve años, las niñas no pueden ser penetradas, pero años previos a este hecho, si pueden realizar o pueden realizarles ciertas prácticas sexuales, como masturbaciones y sexo oral. En el caso de que las penetrasen, la única sanción que estos hombres recibirían, es la de no poder casarse con sus hermanas.
La religión musulmana asegura que un hombre puede tener placer sexual con una niña, e incluso con un bebé. Sodomizarlas es lo correcto, pero no así penetrarlas antes de los nueve. Si las dañan, deben ser castigados. A las mujeres las casan jóvenes, ya que según el Corán, mientras más temprano se casen, más permanente será su lugar en el cielo. Por si fuera poco, a ellos se les paga aproximadamente 500 dólares por desposarlas, y a ellas sólo les regalan un ramo de flores.
De acuerdo, es parte de la religión, de la cultura, y no provoca mayor asombro por parte de los protagonistas. Pero la historia no deja de sorprender. No saben vivir de otra forma, y aunque están en conocimiento de que existen otras religiones y realidades en las que este ritual tiene por consecuencias el presidio o la pena de muerte (para qué hablar de legalidad), la universalidad del Islamismo permite mirar la situación con ojos pacientes, que aseguran no haber mejor o más irrefutable religión en el mundo, y a partir de la intolerancia, convergen todos estos episodios.
Estas ceremonias se realizan preferentemente en Palestina, pero aún más específicamente en la franja de Gaza. Por otra parte, a pesar de los conflictos armados que aún no tienen fin en la región, culturalmente éstos tiene relación al hecho de que aún se realizan matrimonios de este tipo. De cierta manera, “alegran a la comunidad”. Hasta la fecha, en Medio Oriente más de 51 millones de niñas han sido casadas con hombres que les doblan la edad. En los países donde mayormente son abusadas y golpeadas brutalmente, son en Jordania y Egipto. Eso sí, estos ritos son transversales; se llevan a cabo en todos los grupos etarios y estratos socioeconómicos.
Todo lo perteneciente a Oriente Medio siempre tiene algo de refutable, pero algunas veces se llegan a justificar de tan buena forma, que pasan desapercibidas después de un tiempo. Los matrimonios disímiles en edad son parte de la religión, y sólo por eso se les perdona su existencia, gracias a un punto de vista teórico. ¿Pero es también el criterio o la integridad, algo ajeno a la religión? Siempre me lo he preguntado, y la interrogante toma mayor protagonismo, justamente en la religión que profesa más de la mitad de mi familia.
¿Pueden ser mirados como enfermos, o degenerados? No lo creo así, mal que mal, cumplen con un dogma, cumplen con lo suyo, con aquello que preserva su cultura. En Occidente, la pedofilia cada día hace estragos en la sociedad, y en pocos casos ha sido penalizada de forma lapidante, ya que incluso los abusadores de niños merecen justicia. En este caso, es completamente legal casarse con una niña. Ahora, por ejemplo, las familias endogámicas, que proliferan en países como Inglaterra (elitista socialmente) y Francia (elitista culturalmente), aún permiten el casamiento entre familiares directos. En Chile, no hasta hace mucho, también se permitía. Los parámetros son similares y el límite es difuso, pero no por eso, una justificación para perversiones.
A pesar de lo legítimo que puede ser el hecho, no está demás preguntarse, “¿qué está pasando con y en el mundo?”, pero lo cierto es que, al final de cuentas, religiosamente nada puede llegar a ser amoral, o completamente moral. Las justificaciones siempre ganan. En este caso, no cumplir con el “requisito” es trasgresor, pero si lo haces, para ojos de muchos, también estás cumpliendo con ello. Mahoma, el profeta cumbre del Islam, se casó a los cincuenta años con una niña de tan sólo cuatro. Aisha, hija de su mejor amigo, fue en ese entonces la “víctima”. De las once mujeres que tuvo, ella siempre fue la predilecta.
Yo podría haber sido perfectamente una de esas niñas. Sólo unos pasajes en barco, o la decisión de emigrar a otro país, le hicieron creer a mis bisabuelos que lo mejor era vivir en Sudamérica, específicamente en Argentina. De todos modos, ellos estarían de acuerdo con esta práctica, porque dentro de su visión de los hechos, es lo correcto. No hay otra forma de purificación, porque es lo que Dios dice que se debe hacer. Y bajo ese punto de vista, ¿puede alguien estar errado?. No es lo mismo para un católico dejar de comer carne un viernes santo, que a casarse con una niña, pero al final son ritos que respetan lo justo para cada creencia. Objetivamente lo respeto, pero no lo comparto. Subjetivamente, me produce asco, pero lo aceptaría, sólo si hubiese una razón de peso para hacerlo.



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